Hoy voy a ser directa, concisa y rápida.
CHE VOS, EL DESAPARECIDO DEL MSN.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡CONECTATE LA RE PUTA MADRE!!!!!!!!
¿Cómo decirte esto sin que pienses que estoy completamente loca? No hay manera. Me arriesgaré a que me creas una descerebrada, pero voy a decir lo que siento. Ni hace falta aclarar que lo que me pasa ahora no es demasiado racional, si querés llamarlo así. Porque te extraño. Te extraño sin siquiera conocerte, tras haber intercambiado palabras en apariencia vacías, pero que quizá guarden un significado más profundo entre líneas. Al menos las mías sí lo hacen, y estoy casi segura de que vos ya te diste cuenta. Sin embargo, si bien creo ser capaz de leer el mensaje oculto de tus dedos, lográs confundirme. O tal vez es que me confundo sola, al darle siete mil vueltas a lo mismo, dudando de mi propia “capacidad” o “posibilidad” de “atracción”. Ya me propuse ser directa, pero mi timidez esta vez no me lo permite. Me dijeron que no se trata de timidez, sino miedo. Disfrazo mi temor en timidez y evito hacerte unas cuantas preguntas solo por miedo a leer tu respuesta. ¿Es que prefiero vivir en una ilusión? No. Pensándolo mejor, no quiero crearme una imagen fantasiosa de tu mente, tu manera de actuar y tus sentimientos, porque después la que lo pasa realmente mal soy yo. Y lo digo por experiencia, porque ya me pasó.
Ellos piensan que soy una mierda. De una forma u otra, me lo hicieron saber. Se están replanteando cosas, preguntándose cosas, cuestionándose acerca de mi mente recientemente etiquetada como siniestra, malvada. Por eso, nos vamos a centrar en el defecto que hoy causa estragos. En mi defecto. Tengo muchos, de más está decir, y creo que todo el mundo los tiene. Quien no tuviera defectos, no sería humano. Aparentemente mi más saliente defecto a lo largo de estos días fue mi falta de sensibilidad. Ok, sí. Soy una persona bastante fría, aunque no todo el tiempo. Mi frialdad suele hacer su aparición en momentos como este: tensión, dolor. Si me pongo a pensar, deduzco que la razón de mi frialdad es simplemente que no quiero sentir dolor. Por eso, la oculto. La meto en una cajita, a esa cajita dentro de otra más grande, luego en un cajón. El cajón en un cofre, el cofre en una caja fuerte. Improviso una clave y luego me empeño en olvidarla. Si es necesario, tiro la caja fuerte al vacío. Con ella se fue mi “dolor”. Y queda… nada. Todo eso lo hago inconscientemente, supongo, quiero creer; por eso no siento nada en el momento en que decido lastimar. No, nada no. Siento un pequeño placer. ¿Eso me hace una mala persona? Es lo más normal del mundo. Disfrutar, por un momento, el daño causado, no es sinónimo de una mente oscura y vil por excelencia. Es humano. Porque es por un momento, por un instante. Luego deja de importarme, no me veo en la necesidad de causar más dolor.
No tengo razón. No la tengo, y lo sé. Siempre la tenés vos. La última palabra, la que guía y enseña, la indiscutible. Incluso tus pares te tienen en un pedestal. Siempre tenés razón, y eso me enferma. Me enferma porque comprendo la basura que soy, la basura que vos me haces creer, que me haces ver. En ocasiones, cada vez más seguido, te odio por eso. Debo tragarme mi rabia y no desquitarla rompiéndote el tabique. Sin embargo, sé qué es lo que te haría retorcerte del sufrimiento. En ese caso, vos perderías tanto como yo. Sería lo último, y lo peor, que yo pudiera hacerte. ¿Lo sabes? Sí, lo sabes. Pienso en eso cuando ni siquiera mi burbuja de felicidad logra llenarme. Vos sos una entre las muchas razones por las cuales pienso en hacerlo. ¿Me preguntas cuales son las otras? Lo que sobra, por ejemplo. Lo que me sobra a mí,