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lunes, 28 de octubre de 2013

Mar de dulce de leche

Podría decirse que estoy en un botecito. Un humilde botecito reconstruido. Yo me encontraba (o me encuentro, ya que está lejos de desaparecer del horizonte) en una islita con sabor amargo en medio de un mar de dulce de leche. Hablo todo en diminutivo porque me tengo lástima, o porque no me queda otra que burlarme de mí misma, en fin.

Yo permanecí en esa islita unos largos meses. Llegué allí por cuenta propia, huyendo de un barco pirata o algo así. No, un barco fantasma. Era uno de esos navíos grandes, interesantes, con muchas historias a bordo. También, el barco fantasma estaba cubierto de musgo, bastante deteriorado, y navegaba en solitario sin un destino aparente. A mí me pareció que el capitán había perdido la brújula. Quizás por eso quise embarcarme con él, para ayudarlo. Lo cierto es que no soy una experta en navegación, mucho menos en lo que respecta a la orientación o al mantenimiento de un barco; pero tenía la voluntad. Bueno, el caso es que un tiempo después me di cuenta de que el capitán no había perdido ninguna brújula, sino que su vida consistía en flotar hacia donde la corriente lo lleve. No tenía destino, y a toda la tripulación le daba exactamente igual que yo esté ahí o no. Descubrí que no tenía nada que hacer a bordo. Y me asusté, porque… de un momento a otro, sin previo aviso, bien podrían tirarme al mar y deshacerse de mí. Aquel pensamiento me dio terror, de manera que llevé a cabo mi escape. Me robé uno de los botes que llevaba la embarcación y me fui, remando lejos lo más rápido que pude. Nadie hizo el menor esfuerzo por detenerme. Tampoco incitaron mi partida.

Así llegué a la islita. Fue el primer trozo de tierra que encontré y, aunque hubiese preferido otra cosa, era mi única opción. Alrededor, todo era océano. Toqué tierra y tuve un arranque de ira. El bote quedó hecho pedazos. En las siguientes semanas me dediqué a explorar la isla, cada tanto parándome a llorar por mi soledad. Pronto descubrí que una familia de aves visitaba la islita a menudo, y ellos me ayudaron a no sentirme tan mal. Me acostumbré a su presencia, y ellos a la mía; verlos me hacía bien, y tenía la sensación de que el sentimiento era recíproco.
La comida en la islita era amarga. Todos los frutos, todas las hierbas. También tuve que acostumbrarme a eso.

 Y ese tipo de alimentos fueron lo único que tuve para ofrecerle al capitán de un barco rosado que ancló un día cerca de mi isla. Él se quedó un par de días conmigo. Era puro cachete y pura sonrisa. Rápidamente me cansé de él; por eso rechacé la invitación de embarcarme junto a su tripulación en el barco rosado. Lo dejé ir, sin lamentarme demasiado. Debo admitir que un poco lo eché.

Solía sentarme en la playa, mirar el mar y pensar. Me parecía que ya iba siendo hora de dejar la soledad de la isla. Las aves, que ya pronto armarían el nido juntas, me recordaban lo sola que estaba. Cerca del horizonte aún se encontraba el barco fantasma; pocas veces podía verlo nítidamente, porque generalmente lo rodeaba un banco de niebla. Parecía tan lejano, pero una parte de mí sabía que podía alcanzarlo. Sin embargo… Un poco a regañadientes decidí que no podía seguir sentada esperando secretamente a que el barco fantasma viniera a buscarme, rogando un destino. Armé una fogata, esperando que alguien viera mis señales de humo. Un barco rojo escarlata ancló no muy lejos de mi isla. Agité los brazos en su dirección, y el capitán se acercó a la orilla en un bote del mismo color que su nave. Sin tocar tierra, me dejó en claro que él no recolectaba almas, sino solo cuerpos. Un minuto de vacilación bastó para que aquel capitán escarlata diera media vuelta y remara de regreso al barco. Grité y supliqué que por favor regresara, que me llevara con él. Que no quería conservar mi alma. Al parecer no lo convencí, y el barco se marchó.


Finalmente tomé otra decisión, quizás tan apresurada y errónea como la primera. Con maderas húmedas, reparé precariamente el bote con el que había llegado a la islita. Tome los remos, llenos de moho, y me lancé al mar, con la firme decisión de llegar hasta el barco fantasma. Por eso ahora estoy acá, remando, remando… nunca avanzando. No sé si habré aprendido algo en esta travesía, pero sí puedo asegurar que no es nada fácil remar en un mar de dulce de leche. Solo sé que aún no quiero regresar a la isla. 

jueves, 4 de octubre de 2012

El Juego II

- Calmate, por favor. Respirá hondo, pensá lo que hacés - suplicó aquella chica de rasgos rapaces. Su máscara impasible se había hecho añicos hacía un rato, cuando descubrió lo peligroso que era jugar con fuego. 
- Vos pensá lo que hacés, cara de buitre - amenazó Amanda. Difícilmente algo pudiera sacar a la luz el verdadero lado agresivo de esta chica tan tranquila e inofensiva. Pero la desconocida había dado en el clavo, y ahora debía enfrentarse a las consecuencias.
- ¡Calmate, por favor, que yo no tengo la culpa de nada! - exclamaba aterrada la Buitre, mostrando las palmas en gesto de rendición.
- ¡Cayó el rocío, cayó el rocío! ¿No entendés, estúpida? - le espetó Amanda, histérica. - Todo era cierto. ¡Tenía razón! ¡Y yo no quería creerle! Cayó el rocío. Se acerca el final. ¡Voy a morir! ¡Y todo por tu culpa! ¡Por un maldito pájaro! Voy a terminar con todo. - se oyó un chasquido, y la Buitre profirió un grito de horror.
- ¡No! ¡No! ¡Por favor! - buscó con la mirada al que había provocado todo aquello. - ¡Mauro! ¡Ayudame! ¡Controlala, decile que pare! ¡Mauro!
Mauro se hallaba congelado en un rincón de la habitación, con los ojos fijos en la situación, no daba crédito. Su helada incomodidad se podía sentir á kilómetros de distancia. Amanda no lo miraba, en cambio, apuntaba todavía a la Buitre, la inminente amenaza. Las lágrimas, mezcla de bronca y una profunda desilusión, dibujaban agónicos surcos en sus mejillas encendidas. Quería acabar con todo.
La Buitre imploraba ayuda a Mauro, quien al final lo único que pudo articular fue:
- Amanda... calmate.
Solo al escuchar su nombre, sus ojos se encontraron con los de Mauro. Sus piernas temblaron y su expresión trastornada flaqueó. Él le mantuvo la mirada durante unos segundos, hasta que Amanda finalmente aflojó su posición. Los dos restantes suspiraron aliviados. Pero Amanda siguió aflojándose, cayendo de rodillas al suelo, tapándose el rostro con los manos. Sus sollozos llenaron la habitación. La Buitre se mimetizó con las paredes y desapareció, mientras Mauro se acercaba dubitativo a "la trastornada". No se atrevió a tocarla, simplemente se quedó allí, en cuclillas a su lado, sin hablar. Es que, en realidad, era Amanda la que murmuraba cosas entre el llanto. El chico hizo un esfuerzo por entender algo... Amanda hablaba casi sin pausas, pero se dificultaba la comprensión debido a lo inaudible de su voz, y el constante agite causado por las lágrimas. 
- Cayó el rocío. Luego precipitó, precipitó. Se viene la tormenta, y luego nada. No queda nada. Nada de mí, nada de vos. Sólo la nostalgia que viene despues del miedo. El miedo, la no-sorpresa, y la nostalgia. Tres etapas que ya conozco ¿Vos las conocés? El miedo a lo que podría suceder, te anticipás, casi lo esperás. Cuando sucede, no te sorprendés, pero igualmente te duele, como si te apretaran el pecho con el extremo de un palo de escoba. Justo ahí, un poco a la izquierda. Yo la siento, justo ahora. La sensación psicológica de que te estrujan el corazón. ¿Vos no la sentís, Mauro? ¿Sentís algo, aunque sea? 
 Silencio.
-No esperaba que respondas. Es el mismo proceso, una y otra vez. Una y otra vez. Temo, no espero, y me da nostalgia. Todavía no siento nostalgia, pero supongo que la sentiré mañana. Cuando estés lejos, en otros brazos.
Más silencio.
- Intenté decirtelo, te juro que lo intenté - siguió sollozando Amanda. -. De alguna manera te lo dije... Ojalá lo hayas captado. Aunque de nada sirve, ya que evidentemente hiciste caso omiso. Sino no estaría acá, así. Ya me habría ido antes. O no. O tal vez nada hubiera cambiado, y estaríamos en esta misma situación ¿Quién sabe? Me siento mal. No te puedo reclamar nada, ni obligar a nada, ni quiero hacerlo. Lo que te puedo pedir... Soy débil, no soporto todo esto. Lo que sí te puedo pedir, es que si preferís abrazar a mucha gente, a mí ya no me abraces.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

El Juego

Una habitación pobremente iluminada, solo una pequeña y tambaleante lámpara colgante proyecta su luz hacia una mesa redonda, de suave tapiz verde, alrededor de la cual se encuentran cuatro personas. Mauro, párpados perezosos y barba pelirroja. A su derecha, Daniel, de cuidado cabello oscuro y ademanes enérgicos. Frente a él, la desconocida. Nariz aguileña y mirada de buitre tras unas lentes rectangulares. Y a la izquierda de esta, Amanda.
Se repartieron las cartas para una nueva mano. Amanda observó su juego, y de repente no estuvo segura de qué tan bueno era. Hasta ahora era ella quien venía ganando, pero esta vuelta su suerte flaqueó. Recientemente se había sumado a la partida aquella chica con cara de ave carroñera, de manera silenciosa se había infiltrado entre los tres jugadores.  Ocultó sus cartas de cara a la mesa, y se cruzó de brazos con paciencia, inmutable. Amanda se fijó también en sus compañeros; Mauro ladeaba la cabeza hacia la izquierda, escrutando sus cartas con aire pensativo, presente su habitual gesto de acariciarse la barba de la pera. Daniel era una mezcla de solemnidad y triunfo, la seguridad se leía en sus ojos evidenciando que sabía perfectamente qué es lo que estaba haciendo. Y Amanda… Amanda ya no confiaba en sus cartas. Todos se percataron de aquello.
 
- ¿Qué es lo que te desagrada de mi persona? – había dicho el domingo pasado, tras elaborar la pregunta varios minutos antes en mi cabeza. Él lo meditó un instante.
- Que seas tan expresiva y tan poco comunicativa a la vez. Tu cara delata emociones, pero nunca querés decirme qué te pasa exactamente.
 
 Uno a uno, los jugadores empezaron a mostrar su estrategia. Daniel con un mal disimulado entusiasmo; Mauro y la desconocida, con una calma que resultaba sospechosa. Amanda estaba nerviosa, le importaba este juego, tenía mucho que perder.
- ¿Tenés un rey? – preguntó Daniel con cierto deje desafiante.
- ¿Tengo un rey? – Mauro lo miró fijamente.
- ¿Sí?
- ¿O no?
- ¿Entonces?
- No creas que no tengo un rey – concluyó el pelirrojo, tras una confusa pausa. Parecía entre satisfecho y divertido.
- No entiendo – intervino Amanda apretando los dientes.
- Yo tampoco – se encogió de hombros Mauro, como si repentinamente se hubiera olvidado de qué estaban hablando.
 
- ¿Y a vos? ¿Qué te desagrada de mi persona?
- Que a veces seas tan jodidamente indirecto. Me exaspera.
 
La chica con cara de ave no emitió ningún sonido, se limitó a observar con concentración. Pero ¿en qué estaba concentrada? se preguntó Amanda. Su silla estaba más cerca de Mauro, y su sombra se cernía sobre su cuerpo delgado. Daniel la codeó delicadamente, sacándola de su ávido escrutinio, y con mucho disimulo le mostró el papel en el que llevaban la cuenta del puntaje. Cuidado, rezaba la pulcra letra del chico en una esquina. Amanda clavó la vista en los ojos de su amigo, que sin palabras demostró haberse percatado de lo mismo que la chica.
Mauro carraspeó, y el juego continuó. La figura amenazante del ave rapaz, que había comenzado incomodando a Amanda, ahora le resultaba completamente repulsiva. Un centímetro más… Ya no quería jugar. Ella nunca quiso jugar con Mauro, y hubiera preferido que él tampoco lo deseara. El rostro de aquél durante el juego era inescrutable, cara de póker permanente. Inmóvil, usaba sus cartas con demasiada serenidad; nadie sabía nunca si era la tranquilidad del profesional o la estrategia de despiste del pésimo jugador. La mirada de Amanda se topó con los herméticos ojos de Mauro, la expresión de él se ablandó.
 
- Te quiero. – admitió ella, sin esperar realmente una respuesta. Envuelta en sus brazos, apoyó la mejilla en su hombro. Cerró los ojos, casi resignada.
- ¿Quién dijo que yo no? – le susurró él, abrazándola con fuerza. Sus labios se unieron una vez más.
 
Amanda se preguntó cuánto tiempo soportaría seguir con el juego. La magia de la noche transcurría; tal vez esperaría para ver si finalmente caía el rocío.

domingo, 15 de julio de 2012

Más ridícula

Entre sierras y montañas
se encuentra su amor
Sepultado en la maleza
bajo piedras que pesan.

¿Quién será el viajero,
dispuesto a excavar,
dispuesto a buscar,
dispuesto a encontrar?

Déjame adivinar
la causa de tu pesar
Quiero recuperar
la fuerza de tu amar.

¿Ves en mis ojos
algún signo de indecisión?
Soy dueña de mis elecciones
y hoy te elijo a vos.

Despacio, paciencia
sin presión ni imposición
Permíteme encontrar
y curar tu consternación.

martes, 15 de mayo de 2012

El tiempo de tus pasos

El piano marca el tiempo de tus pasos.
Todavía puedo escucharlos, cuando te vas.
Te alejás, me dejás sin más.
Y yo en un rincón de la habitación
Preguntándome qué fue del “vos y yo”.
De aquel ayer, aquellas sonrisas.
Aquellas frases y aquel calor.
Ya no me hablás si no es para pelear.
¿Desde cuándo no podemos concordar?
A veces creo que te cansé,
Y otras estoy segura
de que ya no te soporto más.
Mis ojos miran hacia atrás
El cielo gris, tarde lluviosa
Un arcoíris brillante
¿No te acordás?
Me abrazaste y nos refugiamos
El frío nos calaba,
Nuestros cuerpos nos abrigaban.
Y así, bien cerca, pude llenarme de tu olor
Mezcla de cigarro y un tipo inexistente de flor.
Algo raro me estaba pasando allí.
Desconocido, aunque lindo.
“¿Qué es esto?” me pregunté.
El piano marca el tiempo de tus pasos.
Todavía puedo escucharlos, cuando te vas.
Te alejás, me dejás sin más.
Y yo en un rincón de la habitación
Preguntándome qué fue del “vos y yo”.

lunes, 9 de abril de 2012

El cerebro, el corazón (Parte III)

Sabby irrumpió en la casa con cara de perro. Sin siquiera sacarse la cartera ni aminorar la marcha, se dirigió a la heladera con el único fin de prepararse una chocolatada. Artemisa, quien escuchó los pasos y el sonido de la cuchara revolviendo en la taza desde la habitación que compartía con su compañera, supo que algo andaba mal. Que alguna de ellas se encaprichara con tomar chocolatada a cualquier hora, no auguraba nada bueno.
Cuando Sabby hubo terminado su vaso de chocolatada, se dirigió sin más a la habitación. Artemisa la miró desde lo alto de la cama cucheta, con el cuerpo contorsionado y la cabeza colgando boca arriba por el borde de la cama. Completamente desestructurada.
- No está funcionando – dijo simplemente, con voz monocorde. Las miradas del cerebro y del corazón se cruzaron. Sabby puso mala cara y le dio la espalda a su compañera. Se puso a ordenar la pila de ropa recién planchada.
- Todavía no lo sabés – replicó el cerebro, sin mirar a su compañera. -. Es muy pronto.
Artemisa apoyó los pies en la pared azul contra la cual se encontraba la cucheta, e hizo como que caminaba.
- Te lo digo yo, ahora. No está funcionando – repitió, asomándose una sonrisa burlona en sus palabras. -. Ni va a funcionar. Estuve pensando, y estamos haciendo las cosas mal.
Sabby bufó en respuesta, mientras colgaba un vestido en una percha. Su aspecto decaído, que no remitía, dejaba en evidencia su ánimo abatido. El cerebro hacía días que se sentía mal. Al final, se dejó caer derrotada en la silla del escritorio, y se cubrió el rostro con las manos. ¿Llorar? Nunca. Para Sabby aquello era una pérdida de tiempo. Pero entonces ¿Qué eran aquellas gotas resbalando entre sus dedos? Artemisa ya no sonreía. Se bajó de su posición y rodeó con sus brazos a su amiga.
- Creo que estás tratando de controlar todo, y eso no es posible – musitó el corazón con dulzura -. Aquella vez me dijiste que deje la situación en tus manos ¿Te acordás? Bueno, me parece que es hora de probar cómo salen las cosas a mi manera.
Sabby, quien lloraba en silencio, inmóvil, aún con el rostro hundido entre las manos, se tensó aún más, como oponiendo resistencia a lo que decía su compañera. No le resultaba nada fácil ceder el control. Artemisa lo percibió a la perfección, y en cierta manera entendía su postura. Dejar las cosas en manos del corazón significaba moverse a partir de sentimientos, espontáneamente, dejar que las cosas tomen su curso confiando en que lo que tenga que ser, será. Para quien acostumbra medir cada paso, no es tarea fácil.
- Igualmente, necesito que me ayudes a mantener la calma. Eso solo. Por ahora dejá que tus estrategias descansen, tomate una especie de vacaciones – sugirió Artemisa, sonriendo -. Probemos a ver cómo funcionan mis planes, que son un poquito diferentes a los tuyos. El objetivo es el mismo ¿no? Vamos a ver cómo sale.
- Tu plan consiste en no tener ningún plan – masculló Sabby, casi acusándola.
Artemisa asintió con la cabeza.
- ¿Qué tiene de malo? Probemos. Si no sale, vemos qué hacemos. Improvisemos, es divertido. Seamos libres, Sabby, ya me cansé de estar controlando lo que digo, cómo lo digo, cuándo lo digo.
El cerebro deshizo el abrazo con amabilidad, y se tiró cual bolsa de papa sobre su cama.
- Ya fue. Tengo sueño… creo que voy a descansar.  

jueves, 5 de abril de 2012

Bucear en el mar

En un determinado momento, a una le entran ganas de abandonar el bote y bucear en el mar. En ese mar tan grande, desconocido, lleno de sorpresas, el cual probablemente nunca lleguemos a conocer por completo, ni mucho menos comprender. Ese océano azul, inmenso, que pareciera no tener fin; similar al cielo, sólo que tangible, mucho más real. Podemos tocar las aguas, pero no sentimos las nubes. Por eso, en determinado momento, decidí sumergirme en el mar.
Empecé de a poco, digamos. Al principio solo me mojé los pies, pero la mayor parte de mí todavía estaba volando entre las nubes. Etapa un tanto confusa, solo nadaba en un pequeño charquito, pataleaba y salpicaba esperando, en vano, que el agua se multiplicase. Pero no eran más que gotitas, a las que me aferraba casi con fanatismo, producto de las inexplicables ganas que tenía de, al fin, nadar en el mar. El problema era que no aprendía a plegar mis alas, y seguía volando alto, sin poder sentir las nubes. Gaseosas, intocables, que nada tienen en común con el mito infantil del algodón. 
Más tarde, me enseñaron a hacer la plancha. Flotar en el agua. Es lindo, claro que sí. Flotar. Relajante, placentero, y pasado un tiempo tal vez se torne algo aburrido. Quiero decir, todo lo que hacés es mantenerte en la superficie del océano, con la vista fija en el cielo. Va a llegar un momento en el cual algo te desconcentre, interrumpa tu relajado equilibrio. Entonces te hundís. Sin querer acabás siendo arrastrado por una de esas corrientes oceánicas, vértigo y desesperación, inestabilidad absoluta, hasta que te encontrás tendido en la playa.
Ese momento, para mí, fue reconfortante. Mis amigos me ayudaron a ponerme en pie, a secarme. El sol brillaba en lo alto y las nubes me tentaban, pero yo hundía mis dedos en la arena, decidí mantenerme a salvo, en tierra firme. 

martes, 27 de marzo de 2012

El cerebro, el corazón (Parte II)

A una distancia prudencial, Artemisa observó cómo aquel hombre de oscuro tapado y hombros caídos, saludaba a su compañera con un gesto y se alejaba de allí con paso cansado. La soñadora no pudo divisar su cara, ya que el ala del sombrero proyectaba una sombra que le ocultaba el rostro, como si no quisiera revelar su identidad.
Una vez el hombre se hubo alejado lo suficiente, Artemisa vio cómo Sabby le indicaba que se acercara. Fue imposible para la ojiverde ocultar su expresión de curiosidad, mientras avanzaba a saltos.
- ¿Qué pasó? – inquirió, ansiosa -. ¿Por qué no me dejaste escuchar? ¡Se suponía que trabajábamos juntas! – terminó protestando como una niña pequeña.
Sabby la acalló con un ademán e hizo una mueca. Luego miró muy seria a su compañera.
- Hay que abortar el plan – lo pronunció muy lento, como si estuviera midiendo la reacción de Artemisa. Ésta se quedó quieta, con cara de incredulidad. ¿Por qué este cambio tan repentino? ¿Quién era aquel hombre? ¿Qué había dicho? Artemisa abrió la boca para expresar todas estas preguntas, pero Sabby se le adelantó. Era normal que esto ocurriera, podría decirse que su esencia era una sola,y podían adivinar lo que la otra pensaba.
- Ése – dijo el cerebro, señalando con el pulgar por detrás de su espalda, hacia el  lugar donde había desaparecido el misterioso hombre del sombrero -, era un espía. Trabaja para nosotras. Es nuestra principal fuente de información, ya que tiene contacto directo con Abisal.
Artemisa sonrió atontada nada más escuchar el nombre, y hundió la cabeza entre los hombros con aire soñador. Abisal, era tan agradable, tan lindo… los ojos verdes de la muchacha siempre lo miraban con cariño y cierta timidez. Abisal, su Abisal Boy…
Sabby chasqueó los dedos varias veces delante de su compañera, con expresión impaciente. Ya se estaba yendo por las nubes.
- ¡Eh! ¡No! Te estoy diciendo que hay que abortar el plan. ¿No escuchaste? – cuando notó que Artemisa por fin le prestaba atención, Sabby suspiró y continuó -. Estamos jugando por nada. No vale la pena seguir… no quería que escucharas lo que el espía tenía para decirnos, porque supe que no serían buenas noticias – se explicó, mirando cautelosamente a la soñadora, quien se estaba alisando la falda de su vestido -. Abisal no nos quiere – susurró, bajando la vista, y el sonido de tela rasgándose llegó a sus oídos.
Artemisa, sin controlarse, había roto parte de su atuendo, y ahora sujetaba con manos temblorosas el pedazo de tela. Sus ojos se hallaban anegados en lágrimas, y miraba horrorizada a Sabby. Soltó un lamento agudo y se tiró al suelo a patalear.
- ¡No puede ser! ¡No puede ser! – lloriqueaba, rodando como un tronco. A Sabby le pareció una situación un tanto ridícula, pero no dijo nada. Esperaba que su compañera reaccionara así, o peor -. ¡No nos puede hacer esto! ¿Por qué? ¡Qué es lo que quiere de nosotras! ¡Por qué nos trata tan bien si no nos quiere! ¡Nos tiene que querer, Sabby! ¡No hay otra explicación! ¡Abisal nos quiere, nos quiere, nos quiere, nos quiere! – Artemisa lloraba desconsoladamente.
Sabby continuó mirándola, sin saber cómo consolarla. Era pésima para estas cosas. Al final decidió sentarse en el suelo, a su lado, y soltó un prolongado suspiro.
- Tranquila. Puede que no nos quiera como nosotras a él, pero ya reorganicé los planes, no te preocupes – le aseguró, sin saber si Artemisa la escuchaba por sobre sus gimoteos -. Lo único que te voy a pedir es que me lo dejes a mí. No te involucres por ahora. Sino vamos a sufrir mucho, y no queremos pasar por esto otra vez ¿verdad? – Artemisa se tendió boca arriba y negó con la cabeza, todavía presa de algunos temblores a causa del llanto, y Sabby le limpió los surcos que habían dejado las lágrimas en sus mejillas. -. Ya lo solucionaremos. Dejamelo a mí.
  

jueves, 15 de marzo de 2012

El cerebro, el corazón

El ligero caminar de aquella muchacha, que parecía avanzar flotando en el aire, le daba un aspecto absolutamente soñador. Sus brillantes ojos verdes, muy abiertos, y sus labios curvados constantemente en una sonrisa tonta, nos indicaba que estaba volando en otro mundo. Miraba la nada sin concentración, como pensando en otra cosa, tal cual la mirada de una pequeña disfrutando la plenitud de su primer amor. 
Se deslizaba entre los desvaídos bancos de aquella plaza, sumida en la soledad propia del mediodía de un día de semana, a pesar de brillar el sol en lo alto. Las palomas se posaban en los postes de luz, ululaban y picoteaban el suelo con tranquilidad, y el clima era ideal para un picnic, de no ser por la jornada laboral. 
Sin embargo, la soñadora chiquilla no estaba sola. Una cautelosa sombra había estado observándola desde la distancia. Aquella sombra, que en realidad correspondía a una persona de carne y hueso, vestía el mismo uniforme blanco y azul, y llevaba el mismo peinado que la ojiverde. Atrapó bruscamente su muñeca cuando ésta última se encontraba cerca, y la arrastró sin dificultad detrás de gran ombú. La expresión aterrada de la muchacha desapareció en cuanto reconoció a su raptora.
- ¡Sabby! - exclamó, mientras su rostro volvía a iluminarse. Sabby, no obstante, le lanzó una mirada enojada, y la apuntó con un dedo acusador. 
- ¡Deberías tener más cuidado! ¿Querés echar todo a perder? ¿No viste cómo reaccionó? - escupió Sabby, clavando el dedo en el pecho de su interlocutora.
- ¡Pero él no pareció molestarse! Al contrario, dijo que se alegraba - se defendió la joven soñadora, enfrentando la mirada severa de Sabby. 
- ¡No, Artemisa, no! ¡No entendés nada, flaca!- explotó, con rabia. Dándose cuenta del elevado tono de su voz, tomó aire reiteradas veces para calmarse. Hacía bastante que no tenía la necesidad de discutir con Artemisa, pero sabía que si su amiga se precipitaba podría echar todos sus planes por tierra. Sabby tenía muchísimo miedo de fallar. -. A ver, ya sé lo que dijo. Pero no seas ciega. ¿En serio no te diste cuenta de lo incómodo que se sintió? ¿Pensaste que sus comentarios siguientes no tenían nada que ver con el tema? Si seguimos así, lo vamos a perder. Limitate a cumplir tu rol; vos sos la parte adorable, yo el cerebro. No la cagues. 
- No menosprecies lo que hago. Al fin y al cabo los elogios que recibimos son gracias a mí.- a pesar de su aspecto más bien aniñado, Artemisa sabía hacerse valer.
- Pero ya viste cómo funcionó con los otros. Sos indispensable, pero no podemos tirarnos a la pileta así como así - le explicó Sabby, armándose de paciencia -. Tenemos que trabajar juntas. De no ser por ese detalle, si no fuera por tu error, todo hubiera salido perfecto.
- Todavía se puede arreglar - terció Artemisa, en un intento de quitarle dramatismo al asunto.
- Exacto. Ahora hay que ser más cuidadosas que nunca. Tenés que seguir mis indicaciones al  pie de la letra ¿okey? Acordate, yo soy el cerebro.
- Y yo el corazón - completó Artemisa, risueña.
- Sí. El corazón para estas cosas es indispensable. En su momento, vas a llegar a ser lo principal. Pero todo lo anterior tenemos que construirlo las dos - dijo Sabby, sonriendo, y le tendió la mano a su compañera. Artemisa la tomó sonriente, y juntas se alejaron caminando tranquilas por aquel interminable sendero que cruzaba la plaza, fundiéndose una con la otra en el horizonte, convirtiéndose en el mismo puntito luminoso que continuaba su camino. 
 

martes, 22 de noviembre de 2011

La caja de cemento

Todo está oscuro. Sentada sobre cemento frío, en una habitación vacía y estrecha. Ni un ápice de luz. ¿Cómo sé, entonces, que es estrecha y está vacía? Bueno, es que siento el halo helado de las paredes muy cerca de mí, como si estuviera metida en una caja de material gris. Materia gris. Dura y gélida como el acero, pero rugosa como una pared de cemento. Carente de muebles, lo sé, porque no percibo la calidez que una madera puede proporcionar, ese simple vestigio de que allí hay algo que alguna vez tuvo vida, que antaño fue un árbol desperezándose hacia la luz del sol. ¿Sol? Tan solo una palabra. Rápidamente olvidé cómo se siente la "calidez" que suele transmitir el astro. Ni siquiera yo transmitía mucha vida. Una presión en el pecho, como una piedra redonda, plana y pesada metida entre los pulmones y las costillas, me impedía respirar con normalidad. Los hombros en tensión, que junto a la cabeza ladeada, desganada, inerte, me daban una postura semejante a la de un espantapájaros. Así es como siento yo la culpa. 

Un golpecito en el medio de la cabeza me avisó que ella había vuelto. Diminuta, sin superar los cinco centímetros de alto, pero imponente, con guardapolvo de maestra y boca ancha de labios fruncidos; como un sapo. Flotaba en el aire acompañada por el zumbido que producían sus alitas de mosca en movimiento. Con su dedo puntiagudo golpeó mi cabeza dos veces. Partiéndome en cada impacto, graficando mi dualidad. 
- Es tu culpa, es tu culpa, es tu culpa - canturreó con una voz chirriante, y tono desproporcionadamente infantil. -. Nunca deberías haber abierto la boca. Tenés tanto que aprender, tanto que aprender. 

Siempre su monólogo empezaba así. Tenés tanto que aprender. Sí, es verdad. Y ella sabía, tanto como yo, qué defecto me había traído tantos problemas en las últimas semanas. Algo que debía cambiar, por más dificil, complicado e inconsciente que parezca. Es que no me doy cuenta, no pienso. Ocurre en esos momentos en que dejo descansar a mi cerebro. Grave error. Luego termino dentro de él, en una caja de cemento, y ella viene a atormentarme. Mi castigo.

- ¿Viste? Boca floja. Buchona, cotilla, liante, novelera, enredadora. Eso es lo que sos. Ahora hacete cargo, ahora bancátela. Chismosa. Bien merecido tenés si los dos dejan de hablarte. Si te sentencian con su silencio. Bien merecido, por cizañera. Por tomar partido, por anteponer uno al otro, y pretender que todos piensen que sos imparcial. Por cuentista. No te podés callar la boca ¿no? Nunca. Si no hablás de los demás, no hablás de nada. No tenés vida. Aprendé a serte fiel y dejá de cagarle los secretos a los demás. No se te puede contar nada. Botona. Si no tenés privacidad ni siquiera con vos misma, ¿cómo pretendés mantener en privado algo ajeno? Se empieza por uno. Ahora jodete. Llorá todo lo que quieras, hacete la cabeza, fingí que no es tan grave. Total... las cosas no cambian. Sabés que de alguna u otra manera vas a terminar encerrada acá. Egoísta. ¿Elegir? Decís que no querés elegir, y en realidad ya lo hiciste hace mucho tiempo. Buscás excusas que justifiquen tu elección para que los demás no te acusen de traidora, o infiel. Intentás que estén de acuerdo con vos, que crean lógica tu decisión. Pero dale, no engañas a nadie, todos saben que no sos sincera. Mentirosa. Ahora pudrite en la caja. Pagá las consecuencias, si querés pedí disculpas. Si te las aceptan o no, eso quedará a tu suerte. Pero nunca fuiste muy afortunada ¿no? El azar no es lo tuyo. No sé, fijate. 

Y se fue. El zumbido de las alas de mosca desapareció, dejó de golpearme la cabeza y me encontré sola otra vez. La caja de cemento no había cambiado para nada, las sienes me ardían, el pecho se me cerraba y el cuello me dolía. Nada había cambiado en realidad. Seguía encerrada en mi culpa, en mi castigo. Solo que ella, la que siempre me dice todo en crudo, sin anestesia, había dado su veredicto. Y ahora no podía evitar pensar que todo lo dicho era absolutamente real. 

miércoles, 10 de agosto de 2011

Ególicos Anónimos

La muchacha se removió en su asiento, incómoda, al ver que se acercaba su turno. No debía tener más de 17 años, pero su postura rígida, sus labios apretados, y su barbilla elevada, hacían que se viera mayor.
- Gracias por contarnos tu historia, Verónica - dijo el coordinador con una sonrisa comprensiva, mientras todos aplaudían. La joven tensa fue la última en aplaudir, pues la verdad ni siquiera estaba escuchando el relato de su compañera. Mal hecho. Debía estar atenta, ya que ella era la siguiente, y en cuanto los seis pares de ojos allí presentes se posaron sobre la chica, esta no tenía la más pálida idea de lo que iba a decir. 
- Eh... Hola, me llamo Lucila - balbuceó. Todos corearon un entusiasmado «¡Hola, Lucila!». Ella improvisó una sonrisa, que dado su nerviosismo, se asimiló más a una mueca rígida. Todos guardaron silencio y esperaron que Lucila continuara hablando.
- Tengo 16 años y soy ególica - y estúpida, mirá lo que es esta gente ¿Qué hago acá? - Yo... en realidad no necesito esto - su mirada se encontró con la del coordinador, quien inclinaba la cabeza en gesto de pensativa atención. -. Soy una chica sana, no necesito terapia. Mi mamá está un poco loca y no sé de dónde sacó que soy ególica. En serio, no lo soy. Llevo una vida normal - las palabras brotaban sin parar con la firme intención de servir de excusa. Lucila quería marcharse de allí.
- Voy al colegio, me va bien, tengo buenas notas. Tengo muchos amigos, me suelen buscar porque doy consejos excelentes. No soy egoísta, me gusta ayudarlos. Siempre que puedo les doy mi opinión, intento orientarlos. Aunque se trate de un tema en el que yo no tenga experiencia, les doy consejos. Se sabe que tengo más sentido común que ellos, mi mente funciona más calmadamente, y por ende puedo pensar mejor. Me gusta ayudarlos. 
»Como dije, soy una chica normal. Sé que no soy la más bella, pero no lo necesito. Creo que con mi inteligencia y mi gran personalidad, alcanza. Sin embargo, me considero una incomprendida. Este mundo superficial en el que me tocó vivir, impide a los chicos fijarse en mí. Si fueran capaces de ver más allá de la cáscara, podrían apreciar la dulzura de la pulpa (me gustan las metáforas, soy muy buena en eso). Como decía, lo superficial que es la gente le impide valorarme por lo que soy. Pero bueno, no los culpo. Hay personas más evolucionadas que otras, y no hay que descalificarlos por ser tan vacíos y chatos. Algún día, tal vez, logren entender lo que, en este momento, evidentemente está más allá de su capacidad de comprensión. - Lucila se tomó una pausa para recorrer con mirada autosuficiente los rostros de sus compañeros. Algunos asentían con la cabeza; otros, junto con el coordinador, mantenían inexpresivas sus facciones.
- Como verán - continuó, declarándose victoriosa -, soy una chica sana con pensamientos solidarios y humildes. Nada de lo que preocuparse. No tengo ni una pizca de ególica, no me permito tales bajezas. Creo que puedo estar por encima de comentarios vanidosos, porque tranquilamente puedo demostrar mis talentos e innumerables valores con hechos - Lucila fue recogiendo su mochila y se puso de pie mientras hablaba. Miró a sus compañeros con fingida empatía.
- Les deseo muchísima suerte, chicos. La verdad, fue un gusto conocerlos; pero todo esto lo tengo perfectamente superado. Sigan adelante con el tratamiento; no se preocupen, a la larga puede ser que noten mejoras. Cuando logren el equilibrio que yo tengo, me llaman y salimos a tomar algo ¿Eh?. Encantada, che. Suerte, chau.
Lucila se dirigó con paso firme hacia la salida. Impecable, una diosa. Les había demostrado a todos con éxito que ella no necesitaba tratar su ego desbordado. No era ego, sino realismo. Claramente.
- Ejem.. ¿Lucila? - carraspeó el coordinador, elevando las cejas. Ella lo miró por encima del hombro.
- Mejor quedate, va a ser muy interesante... tenemos mucho sobre lo que trabajar.


Escrito el Lunes 8 de Agosto, 01:04 AM.

viernes, 22 de julio de 2011

El confesionario.

La chica ingresó con paso vacilante en aquel estrecho cuartito. Miró a su alrededor, con leve recelo. Las paredes estaban forradas de terciopelo verde oscuro; el suelo, cubierto por una mullida alfombra blanca. Era pequeño, muy pequeño. En su centro, como único mueble, se hallaba un acolchonado sillón de cuero negro y respaldo alto. La temperatura de aquel lugar no era ni muy cálida ni muy gélida: agradable. 
La muchacha, de falsos ojos claros y espeso cabello castaño, de repente se sintió a gusto. Este era su lugar. Tomó asiento en el mullido sillón, y descubrió, colgados en el apoyabrazos, unos bonitos auriculares. Se los puso, para su sorpresa encajaban perfectamente en sus oídos; era muy cómodos y firmes. 
Entonces sintió unos deseos incontenibles de hablar. Después de todo, para eso había llegado hasta allí.

- Para algunas cosas soy extremadamente sensible. Para otras, no tanto. Todo lo contrario... No confío en los tipos.

- ¿Por qué? - preguntó una voz curiosa desde los auriculares. La chica no se asustó; aquella voz era conocida, aunque no podría especificar de dónde.

- No sé. Tengo quince años, tampoco es que hayan tenido muchas oportunidades de lastimarme. Quiero decir, técnicamente nadie me lastimó. La única que, hasta ahora, me lastima "amorosamente hablando", soy yo. Por mi tendencia adolescente a idealizar las cosas. Pero eso me lleva a no confiar en los tipos.

- Ves muchas películas.

- Puede ser. Las tramas románticas me atraen peligrosamente - la falsa ojiverde rió ligeramente, tras lo cual recuperó su aire pensativo -. O tambien puede ser que me dejo llevar por el estereotipo de "chico pelotudo mujeriego más-histérico-que-una-mina que se autodenomina yo-winner-chamuyero de diecitantos años". Entonces, como pienso que son todos así (o el 98% de los casos), no me creo ni una palabra de lo que dicen.

- ¿Nada de nada? Qué amarga. - la vocecita bufó, divertida, casi con burla.

- Bueno, algunas cosas sí. Pero me refiero... no les creo nada cuando me dicen hermosa, linda, yo gusto de vos, etc. Frases o adjetivos que en mi opinión están armados previamente.

- ¿Y cuál es el problema de que estén armados con anterioridad?

- Siento que dejan de ser sinceros. Va a sonar detestablemente cursi, pero si un flaco me dice algo lindo, quiero que lo diga porque en verdad lo siente. Las palabras vacías, cuando van en esa dirección, no me sirven. 

- Amarga. Aburrida. Divertite un poco, nena. Si un pibe te quiere chamuyar, es porque le pareciste linda. No se van a gastar en hacerte la cabeza si después no van a querer ni un arranque. Osea, de ser así sería un pibe excepcionalmente histérico. 

- Todos son histéricos.

- Te corrijo. Todos somos histéricos alguna vez. Solo que en diferentes niveles. Un coqueteo previo es divertido, aunque tampoco hay que irse a la mierda histeriqueando por histeriquear. Eso sí es desagradable. Tendrías que divertirte más coqueteando y tirandote onda con pibes, aunque si te involucrás sentimentalmente sí corrés el riesgo de salir lastimada. Ese era tu miedo ¿no?

- Sí.. y por eso no confío en los tipos. Tengo miedo de salir lastimada.

- Mirá, a tu edad es muy difícil encontrar el amor de tu vida. Eso viene más adelante. Yo que vos, no me preocuparía por eso. Por ahora, disfrutaría. Puede ser que un chico te guste más que todos los demás, y que quieras que sea solo para vos, y ser solo para él; eso también está bien. No te digo que no tengas novio, que no te enamores. Solo que te sueltes un poco más. Que arriesgues más; pensá esto: la realidad es que pueden lastimarte, pero no es nada de lo que no puedas recuperarte con el tiempo. 

- Ehm.. sí, supongo que tenés razón. Hablando de gustar de gente... la verdad no entiendo esas personas que dicen estar enamoradas al poco tiempo de conocer a alguien. Tampoco creo en el amor a primera vista. 

- Bueno, ese sería otro tema interesante para charlar.  

jueves, 16 de junio de 2011

Ella está en el medio

Esa maldita. Yo sé dónde está él cuando no quiere salir conmigo. Él no me miente al respecto, solo oculta.
- Ya arreglé con los pibes, gordi. Salimos mañana. -  Ya arregló con sus amigos, es cierto. Sus amigos van a su casa, o él los visita a ellos. Pero yo sé que ella está en el medio. Siempre. Aunque no la nombren, porque es como uno más. No, en realidad no lo es. Ella es especial, es indispensable, si ella no está, a mi novio y a sus amigos les falta algo. Se nota su ausencia. Lo sé, porque lo vi con mis propios ojos. No tratan de disimularlo. Algunas veces, cuando visito a mi novio, y más tarde llegan sus amigos, no falta quien pregunte por ella. Incluso en ocasiones es mi propio chico el que sale a buscarla; y yo ahí, sentadita en el sofá, detrás de todos los pibes, mirándolos como pelotuda. Mirándolos mientras se apiñan a su alrededor, mientras la manosean. Se turnan, pues no pueden tocarla más de dos a la vez. Tienen infinidad de juegos, para jugar con ella, me refiero. Por lo general, solo utilizan dos o tres, por lo general, intentan imitar lo que ven por la televisión. Y yo, mirándolos. A veces me invitan a unirme, pero siempre rechazo la oferta. No es lo mío, no me gusta. Pero los respeto porque se ve que a ellos sí les gusta. Les encanta. Cuando digo que no, no insisten. Ni siquiera mi novio. Por lo visto, mi participación es irrelevante. Pero la suya, la de ella, necesaria. Sin ella no podrían jugar. Te estarás preguntando por qué nunca hice nada, por qué siempre me quedo mirándolos disfrutar de la compañía de su adictiva amiga, por qué no reacciono. Bueno, la respuesta es simple: sería muy exagerado hacer una escenita por su culpa. Es infinitamente ridículo que sienta celos de esa… cosa. Después de todo, yo soy una persona íntegra, decente. Ella es, simplemente, un objeto. Solo sirve para jugar. Solo la buscan para eso.  
Pero todo tiene un límite. Es viernes, mis amigas se fueron a patinar a Palermo, y yo no fui porque planeaba salir con él. Pero no, estoy sola como un perro, en mi casa.
- Ya arreglé con los pibes, gordi. Salimos mañana. - Lo mismo me dijo ayer. Y no puedo llamar a mis amigas y decirles que estoy en camino, porque justo antes de irse, ante mi negativa, me mandaron a cagar. Me dijeron que siempre hacía lo mismo, que ya casi ni las veía, que estaba todo el tiempo pegada a mi novio. Es que ¡tienen que entenderme! ¡Solo quiero salir con él! ¡Verlo fuera de la escuela! Pero el señor está anonadado con su amiguita, con su juguete, llama a un amigo o dos y organizan un nuevo partido con ella. Ella está en el medio, siempre. Basta.
Agarro las llaves y el celular, le aviso a mi mamá que voy de mi novio, y camino las diez cuadras que me separan de su hogar, a toda velocidad, pasos largos, labios fruncidos y mirada furiosa. Busco el timbre que corresponde a su departamento, 17 B, y lo presiono con más fuerza de lo normal. Siento la agresividad correr por mis brazos, la adrenalina tensar mis hombros.
- ¿Hola? - dice la voz de mi chico por el portero eléctrico. Respondo con una bronca contenida. - Ah, subí, nena. - Gordi. Nena. Esos apodos que me pone con todo su cariño. Me pregunto cuáles serán los apodos que le ponen a ella. Me parece que no tiene. La llaman por su nombre.  El ascensor sube hasta el piso diecisiete a una velocidad desesperantemente lenta. Al fin llego al piso deseado y aporreo la puerta de mi chico. Me recibe con una sonrisa y un intento de piquito, que yo ignoro olímpicamente.
- ¿Te pasa alg…?– pregunta, confundido ante mi repentino rechazo.
- ¿Con quién estás? – inquiero, fulminando con la mirada todo a mi alrededor.
- Con Alan y Pablo.. ¿Por? Eh, ¡¿Qué hacés?!
Tarde. Yo ya le di la espalda y camino pisando fuerte hacia los dos amigos de mi novio. Tal como pensé, están jugando con ella. Se acabó. Aparto a los dos chicos de un empujón, y me abalanzo hecha una furia sobre esa cosa. Objeto estúpido, inútil. Y no se defiende. La boba no puede defenderse; eso simplificaba mi trabajo. La levanto con mis manos sin esfuerzo, es liviana y fácil de transportar. La desconecto de todo, pasando por alto las crecientes quejas de los chicos.
- ¡Pará! ¡Pará! ¡Loca! ¡Dale! ¡Traéla acá, boluda! ¡Estás re loca! – vociferan ellos, a tiempo que intentan detenerme. Pero es imposible, yo soy más ágil y pequeña, y los esquivo sin dificultad. Salgo al balcón aún con la maldita cosa firmemente agarrada. Sin pensarlo dos veces, en un arranque homicida, la tiro al vacío.  Observo con expresión trastornada todo el recorrido. Da muchas vueltas en el aire, aunque parece caer en cámara lenta los diecisiete pisos. Dramático. Ni me volteo a ver las caras horrorizadas de los chicos. No me importa. Me acabo de deshacer de mi mayor enemiga. Al fin golpea contra el frío asfalto. El plástico se quiebra y se dispersa en pequeños y puntiagudos fragmentos. Ahora puedo ver los cables, y otros pequeños circuitos que conforman su interior. Seguro ya no tiene arreglo. Y cuesta mucha plata, mi novio va a tardar bastante en conseguir otra igual. Obviamente, la próxima correrá la misma suerte que ella. Terminará echa pedazos contra la vereda.
Los gritos enfurecidos de mi novio llegaron a mis oídos.
- ¡No! ¡Estás re loca, Guadalupe! ¡Sos una pelotuda! ¡Ahora me vas a comprar otra Play Station! ¿Me escuchaste? ¡Con tu guita! Salí de acá, enferma. Me vas a comprar otra Play Station.  Ah, y lo nuestro se terminó.

miércoles, 20 de abril de 2011

Gracias

Ella alzó la mirada del papel arrugado que estrechaban sus manos. Se sumergió en los ojos oscuros del muchacho que tenía adelante. Éste, parecía incómodo; metía las manos en sus bolsillos, y tenía su cabeza cabizbaja. La chica lo miró directamente unos segundos, antes de bajar la vista al papel.
- Gracias por escribirme esa canción - murmuró. Por arañarme el corazón. -... por ser así como tú eres. - añadió tras una pausa. Le tembló ligeramente el labio inferior; no lo miraba.
- Gracias por aguantar ese dolor - el chico tenía la voz ronca. Sin duda, aquella no era su situación favorita. -, por inventar ese sabor...
- Por hacerme siempre lo que quieres - interrumpió la chica, arrugando un poco el ceño. No, no quería estar allí. 
- Gracias por los consejos que me das.. - intentó retomar el muchacho la palabra. 
- Por olvidarme si te vas, por no quererme un poco más - ella apretó los puños y enfrentó a su interlocutor. Sin duda, aquellos ojos verdes expresaban reproche, furia y dolor. Todo mezclado.
Por esas cosas que no se pueden contar.
- Aprendí a sufrir, aprendí a reírme de mí. Me reconstruí - elevó el tono de voz, fulminando el rostro serio de aquel joven. Recordó cuando se cruzaron por primera vez. Tuve que decir que sí, que sí.
Y él sonrió. Tristemente, pero sonrió.
- Gracias por caminar siempre al revés - dudó un momento antes de continuar -. Por derretirte si me ves, por alargar ese momento.
La chica iba a replicar, pero se le adelantó. Él también tenía cosas que decir.
- Gracias por asumir ese papel... ya no sabíamos qué hacer
- Pero te fuiste justo a tiempo.
- Gracias por ayudarme a que se duerma - continuó, ignorando aquella interrupción. Estaba siendo sincero, por una vez en la vida. -, por el cariño, la paciencia cuando todo iba mal. 
Gracias por esas cosas que no se deben contar.
- ¡Aprendí a sufrir! ¡Aprendí a reírme de mí! ¡Me reconstruí! - Tuve que decir que sí, que sí. Estalló. Sus ojos se anegaron en lágrimas y su intento de demostrar que nada le importaba se desmoronó. El muchacho agachó la cabeza, se mordió el labio y añadió en voz baja.
- Ya no seré lo que fui para ti una vez - zanjó. Sus ojos oscuros se encontraron con el verde de la chica, que le decían de todo menos bonito. - Pero puedes contar conmigo... 
Listo, esto fue demasiado para ella.
- ¡Aprendí a sufrir! ¡Aprendí a reirme de mi! ¡Me reconstruí! - repitió a viva voz. Tuve que decir que sí, que sí. Era obvio que tenía orgullo, quizás demasiado. Y soberbia. Jamás aceptaría que aún lo quería. Pero él giró, y se marchó. Sin pronunciar una palabra más, sin siquiera mirarla. Gélido. No podía permitirse ser de otra manera. Su mente funciona lógicamente, con frialdad. Él no era para ella, no se convenían. 
- ¡Aprendí a sentir! ¡ También a pasarlo bien sin ti! - gritaba ella, esperando que él la escuche y le creyera. En vano. No eran más que mentiras, y ambos lo sabían. Pero la muchacha no dejaba de intentar consolarse. Y me levanté cada vez que tropecé y caí. 
- Tuve que alejarme de ti.. 
- Tuve que aprender a ser sin ti.

Inspirado en la canción Gracias, de Despistaos. 

viernes, 1 de octubre de 2010

Soñar contigo.


Te expresas en susurros, tu rostro invadiendo mi espacio personal. Notas como la sangre sube a mis mejillas y sonríes enternecido. Fijo la mirada en tus labios curvados, de los cuales siempre opinaré que fueron hechos para sonreír. Ese gesto que usas tanto, y de tantas maneras. A veces sonríes seductor, o estallas en divertidas carcajadas. Puedes esbozar una sonrisa dulce o también las usas para expresar timidez. Pocas veces ocultas tristeza tras ellas, eres tan alegre que resultas inmune al abatimiento.
Envuelves mi mano con las tuyas, tratando de convencerme para que levante la mirada. Pero me niego a hacerlo. Aún quiero seguir pensando. Ya de por sí me cuesta si estás cerca, si me hablas con esa infinita dulzura, si cantas armónicas melodías para mí. Pero tú eres terco en ocasiones, y en un segundo y certero intento, colocas con suavidad tus dedos en torno a mi barbilla, y la echas hacia atrás con delicadeza. De esta forma me obligas a mirarte a los ojos. Suelto de golpe todo el aire que había acumulado al toparme con tus orbes de cielo. Me pierdo en ellos, tan profundos como el océano.
Muchas veces me he preguntado, cada vez que me sumerjo en tus ojos, si acaso no estaba muerta ya, si tú no eras el ángel que me recibiría junto a las puertas doradas del cielo. Muchas veces me he preguntado si no eras lo contrario, el guardián del infierno, que me cegaría con su enloquecedora belleza para amortiguar el ardor de mi hoguera.
No es la primera vez que me decido por la segunda opción, que creo estar frente al demonio de la tentación y la gula. Tú lo sabes, me das la razón al enseñarme los dientes en esa arrebatadora sonrisa con la cual denotas la seguridad de tus acciones. Eres consciente de lo hechizada que estoy, de la idiotez que me sorprende al verte y de lo fácil que sería para ti persuadirme de permanecer a tu lado, bajo tu sombra.
Un mechón de cabello rebelde quiso también enterarse de lo que sucedía, saliéndose de su lugar para asentarse frente a mis ojos, en un intento de admirar tu hermosura con tanta claridad como la admiro yo. Sin embargo, lo rechazas, lo apartas de una caricia tan suave que me pregunto si tus manos no serán de vapor. Y te alejas, visiblemente decepcionado por mi falta de reacción. Al instante me siento sola, abandonada, vacía. Tu cercanía me había completado sutilmente, siendo yo incapaz de notarlo hasta que me quitaste parte de mí. Mis manos temblorosas acuden desesperadas para aferrarse en tu brazo, pero no te contentas con eso. Tiras de mí y me presionas contra tu pecho, descubriéndonos en un estrecho abrazo. Me susurras palabras de aliento, prometes quedarte conmigo pase lo que pase, tras lo cual buscas mi mirada y yo lucho por conservar la cordura. Dime que sí. ¿Acaso es posible negarse? Con escandalosa lentitud, vuelves a irrumpir mi aire. Siento de nuevo mi entorno cuando me percato de tus labios deslizándose con delicadeza sobre los míos, acariciándolos como si fueran de fino cristal helado y los tuyos hechos de fuego, temiendo derretirlos con el mínimo roce y sin embargo poniendo a prueba su resistencia. Creo escuchar campanas de fondo, acompañadas de la viva imagen de fuegos artificiales.
Y abro los ojos, solo para arrepentirme al segundo siguiente. Las brillantes luces que decoraban mi cielo se apagan  y pierdo tu presencia en la penumbra. Sin embargo, las campanas suenan más fuerte, llenándome los oídos con un molesto golpeteo agudo. Estiro un brazo y me encuentro con el reloj despertador. He vuelto a soñar contigo.
Relato original de Magui, todos los derechos, etc. etc. etc, Reservados.

Re CURSI, ya sé.