Sabby irrumpió en la casa con cara de perro. Sin siquiera sacarse la cartera ni aminorar la marcha, se dirigió a la heladera con el único fin de prepararse una chocolatada. Artemisa, quien escuchó los pasos y el sonido de la cuchara revolviendo en la taza desde la habitación que compartía con su compañera, supo que algo andaba mal. Que alguna de ellas se encaprichara con tomar chocolatada a cualquier hora, no auguraba nada bueno.
Cuando Sabby hubo terminado su vaso de chocolatada, se dirigió sin más a la habitación. Artemisa la miró desde lo alto de la cama cucheta, con el cuerpo contorsionado y la cabeza colgando boca arriba por el borde de la cama. Completamente desestructurada.
- No está funcionando – dijo simplemente, con voz monocorde. Las miradas del cerebro y del corazón se cruzaron. Sabby puso mala cara y le dio la espalda a su compañera. Se puso a ordenar la pila de ropa recién planchada.
- Todavía no lo sabés – replicó el cerebro, sin mirar a su compañera. -. Es muy pronto.
Artemisa apoyó los pies en la pared azul contra la cual se encontraba la cucheta, e hizo como que caminaba.
- Te lo digo yo, ahora. No está funcionando – repitió, asomándose una sonrisa burlona en sus palabras. -. Ni va a funcionar. Estuve pensando, y estamos haciendo las cosas mal.
Sabby bufó en respuesta, mientras colgaba un vestido en una percha. Su aspecto decaído, que no remitía, dejaba en evidencia su ánimo abatido. El cerebro hacía días que se sentía mal. Al final, se dejó caer derrotada en la silla del escritorio, y se cubrió el rostro con las manos. ¿Llorar? Nunca. Para Sabby aquello era una pérdida de tiempo. Pero entonces ¿Qué eran aquellas gotas resbalando entre sus dedos? Artemisa ya no sonreía. Se bajó de su posición y rodeó con sus brazos a su amiga.
- Creo que estás tratando de controlar todo, y eso no es posible – musitó el corazón con dulzura -. Aquella vez me dijiste que deje la situación en tus manos ¿Te acordás? Bueno, me parece que es hora de probar cómo salen las cosas a mi manera.
Sabby, quien lloraba en silencio, inmóvil, aún con el rostro hundido entre las manos, se tensó aún más, como oponiendo resistencia a lo que decía su compañera. No le resultaba nada fácil ceder el control. Artemisa lo percibió a la perfección, y en cierta manera entendía su postura. Dejar las cosas en manos del corazón significaba moverse a partir de sentimientos, espontáneamente, dejar que las cosas tomen su curso confiando en que lo que tenga que ser, será. Para quien acostumbra medir cada paso, no es tarea fácil.
- Igualmente, necesito que me ayudes a mantener la calma. Eso solo. Por ahora dejá que tus estrategias descansen, tomate una especie de vacaciones – sugirió Artemisa, sonriendo -. Probemos a ver cómo funcionan mis planes, que son un poquito diferentes a los tuyos. El objetivo es el mismo ¿no? Vamos a ver cómo sale.
- Tu plan consiste en no tener ningún plan – masculló Sabby, casi acusándola.
Artemisa asintió con la cabeza.
- ¿Qué tiene de malo? Probemos. Si no sale, vemos qué hacemos. Improvisemos, es divertido. Seamos libres, Sabby, ya me cansé de estar controlando lo que digo, cómo lo digo, cuándo lo digo.
El cerebro deshizo el abrazo con amabilidad, y se tiró cual bolsa de papa sobre su cama.
- Ya fue. Tengo sueño… creo que voy a descansar.
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