jueves, 5 de abril de 2012

Bucear en el mar

En un determinado momento, a una le entran ganas de abandonar el bote y bucear en el mar. En ese mar tan grande, desconocido, lleno de sorpresas, el cual probablemente nunca lleguemos a conocer por completo, ni mucho menos comprender. Ese océano azul, inmenso, que pareciera no tener fin; similar al cielo, sólo que tangible, mucho más real. Podemos tocar las aguas, pero no sentimos las nubes. Por eso, en determinado momento, decidí sumergirme en el mar.
Empecé de a poco, digamos. Al principio solo me mojé los pies, pero la mayor parte de mí todavía estaba volando entre las nubes. Etapa un tanto confusa, solo nadaba en un pequeño charquito, pataleaba y salpicaba esperando, en vano, que el agua se multiplicase. Pero no eran más que gotitas, a las que me aferraba casi con fanatismo, producto de las inexplicables ganas que tenía de, al fin, nadar en el mar. El problema era que no aprendía a plegar mis alas, y seguía volando alto, sin poder sentir las nubes. Gaseosas, intocables, que nada tienen en común con el mito infantil del algodón. 
Más tarde, me enseñaron a hacer la plancha. Flotar en el agua. Es lindo, claro que sí. Flotar. Relajante, placentero, y pasado un tiempo tal vez se torne algo aburrido. Quiero decir, todo lo que hacés es mantenerte en la superficie del océano, con la vista fija en el cielo. Va a llegar un momento en el cual algo te desconcentre, interrumpa tu relajado equilibrio. Entonces te hundís. Sin querer acabás siendo arrastrado por una de esas corrientes oceánicas, vértigo y desesperación, inestabilidad absoluta, hasta que te encontrás tendido en la playa.
Ese momento, para mí, fue reconfortante. Mis amigos me ayudaron a ponerme en pie, a secarme. El sol brillaba en lo alto y las nubes me tentaban, pero yo hundía mis dedos en la arena, decidí mantenerme a salvo, en tierra firme. 

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