Tan desconfiada, tan insegura. El mínimo detonante hace que mi corazón se dispare latiendo desesperado, intentando escapar en vano de las preguntas que empiezan a llenar mi cabeza. Algo que se suponía que ya sabía, pero me había convencido de que era algo sin importancia, tal vez una percepción errónea de quien me lo confió. Pero salido de su boca, todo es diferente.
Reapareció el ya conocido puñetazo en la boca del estómago, aquella pesada piedra alojándose entre las costillas, en el medio de mi torso. Desilusión. Y desconfío. Desconfío de todos. De la situación. Me molestan las circunstancias, y esos jamás admitidos celos que rugen enfurecidos se niegan a callarse, a reflexionar. Porque esos celos no son válidos. Nunca lo son.
Acordate lo que hablamos... no te aferres, no te aferres. ¿Demasiado tarde? Qué fácil sos. Respirá, por lo menos. Respirá, calmate. En su momento, será lo que tenga que ser.
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